Lo velamos en el Conservatorio. Siempre recordaré a Waldeen
y a sus discípulas que hacía poco habían estrenado el ballet
El Renacuajo Paseador, enlutadas y llorosas, y a mis
compañeros de la Sinfónica pugnando por contener las lágrimas
al hacer sus guardias alrededor del ataúd. Y entonces sucedió
algo inesperado siendo ya medianoche: se oyó en la calle de
la Moneda el toque lento y fúnebre de
Silencio. Era Isaac
Calderón que con su trompeta rendía su personal homenaje al
muerto.
La guardia de la Secretaría de Guerra, que estaba en la
misma calle de la Moneda, acudió a ver qué sucedía y Calderón
les explicó. Cosa digna del caso fue que el jefe de la
guardia ordenó presentar armas, retirándose después sin
molestar a Isaac.
Fue enterrado en el Panteón Francés, ése que tiene en el
frontispicio de su entrada la leyenda
Heureux qui meurt dans
le Seigneur (Feliz quien muere en el Señor). Pero Silvestre
no había muerto en el Señor, pues siempre fue agnóstico,
materialista y anticlerical. Por eso cuando al depositarse