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materiales de quien devino su editor exclusivo; así pues, era
comprensible que a los intelectuales hijos de la revolución
de 1910 les interesara tanto buscar su inspiración en la
llamada literatura de cordel. Sin embargo, debo reconocer que
nunca he podido ver un impreso específico de Vanegas Arroyo
que contenga la historia de nuestro renacuajo paseador. Me
atrevo a inferir que el camino recorrido por la historia de
Pombo es el que aquí reconstruyo hipotéticamente, gracias a
los argumentos documentales de quienes convirtieron este
cuento en una obra teatral para títeres: en efecto, como ya
se irá viendo, estos titiriteros tomaron como autor del
cuento original que los estaba inspirando al propio Vanegas
Arroyo. Y no sólo ellos: lo mismo supuso el que les escribió
la música para su producción escénica, es decir, Silvestre
Revueltas. Empecemos, entonces, por explicar quiénes eran los
titiriteros del Teatro del Niño.

El nombre institucional del Teatro del Niño agrupaba a
varias compañías, cuya historia se remonta a algunas
actividades en 1929, en especial a la compañía El Periquillo,
de efímera duración. Pero esta historia la cuenta mejor uno



 

de sus protagonistas, Roberto Lago, en su libro sobre el
teatro guiñol mexicano; tras referirse a la experiencia de su
antecesor, Lago sigue así:

En 1932, uno o dos años después de este experimento [El
Periquillo], el entusiasmo de Germán y Lola Cueto junta en su
derredor a Graciela Amador, folklorista; Ramón Alva de la
Canal, pintor; Leopoldo Méndez, el más renombrado grabador de
nuestros días; Elena Huerta Múzquiz, quien escribe la primera
obra que llevamos a la escena; Germán List Arzubide,
escritor; Angelina Beloff, pintora; Enrique Assad, quien
talla los primeros muñecos, y Roberto Lago, quien comparte
con ellos su entusiasmo. Así nació, al calor de una amistad y
una camaradería viril y fuerte a tono con la inquietud de la
hora, en un bodegón húmedo y maloliente a sabandijas, en las
calles de Mixcalco número 12, el teatro Guignol de figuritas
sin pies.

Este fue el teatro de muñecos para niños que el Departamento
de Bellas Artes de la Secretaría de Educación acogió a
principios de 1933. De este ímpetu inicial surgieron, en

 
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