de sus protagonistas, Roberto Lago, en su libro sobre el
teatro
guiñol mexicano; tras referirse a la experiencia de su
antecesor, Lago
sigue así:
En 1932, uno o dos años después de este
experimento [El
Periquillo], el entusiasmo de Germán y Lola Cueto junta en
su
derredor a Graciela Amador, folklorista; Ramón Alva de
la
Canal, pintor; Leopoldo Méndez, el más renombrado grabador de
nuestros
días; Elena Huerta Múzquiz, quien escribe la primera
obra que
llevamos a la escena; Germán List Arzubide,
escritor; Angelina Beloff,
pintora; Enrique Assad, quien
talla los primeros muñecos, y Roberto
Lago, quien comparte
con ellos su entusiasmo. Así nació, al calor
de una amistad y
una camaradería viril y fuerte a tono con la
inquietud de la
hora, en un bodegón húmedo y maloliente a sabandijas, en
las
calles de Mixcalco número 12, el teatro Guignol de
figuritas
sin pies.
Este fue el teatro de muñecos para niños que el
Departamento
de Bellas Artes de la Secretaría de Educación acogió
a
principios de 1933. De este ímpetu inicial surgieron, en