Foro Virtual Silvestre Revueltas
   
 
 
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Ha perdido el nombre y ya no podemos clasificarlo sino con
aquellas palabras de García Lorca que parecían destinadas al
mismo Silvestre, en espera de que se le identificase alguna
vez, el día de su resurrección, en el Valle de Josafat de los
ángeles demoniacos, ésos para los que no hay repuso en
sagrado, ni reposo de ninguna especie: es un pulso herido.
Esto es tan sólo Silvestre, a eso se reduce su abrumadora
soledad, a ser "un pulso herido que ronda las cosas que están
al otro lado".

Porque cuando hace música desaparece, se nos escapa, se
entrega a los monstruos contra los que combate, y es ahí
cuando formula esa contraseña de la entrega, la contraseña de
los que esperan el pelotón de los fusilamientos: estoy dado,
que son las palabras que Silvestre siente y dice cuando
dirige, cuando toca, cuando compone. Está dado, nació dado
Para crucificarse en la música y que ésta lo aniquile y
reparta entre todos la carne y la sangre de su donación
total, de su apasionada entrega.



 

Es así como conocí a Silvestre Revueltas, como únicamente
podía conocérsele, in fraganti, con las manos en la masa, en
pleno delito de robarse el fuego. Recuerdo que todavía lo
examiné durante breves instantes, pero que después no me fue
posible nada más, y tuve que sucumbir, abandonado en el
centro mismo de un mundo ilímite y dulcemente atroz, sin
darme cuenta ya de lo que me rodeaba.

Había terminado el ensayo y sólo me apercibí de ello al ver
que Silvestre cruzaba el foro, entre los atriles vacíos, para
saludarme, lo que hizo con una expresión a la vez curiosa e
inquieta ante mi entontecida perplejidad.

Veo a Silvestre como ese ser humano prodigioso que era, como
ese hombre director, personal, viviente, amigo, camarada,
hermano, que tocábamos, que sentíamos, infantil, tierno,
lleno de júbilo, enardecido por la alegría de vivir, sin
conceder sombras a la vida, sin creer en esas sombras,
transparente como un niño, con una candidez interior tan
inmaculada como si casi no concibiera la existencia de la
maldad.

 
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