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premeditación, desarmado, desnudo, alguna catástrofe jamás vista,
de la naturaleza. Sin embargo, una catástrofe tan sencilla e
inaparente, tan invisible e interior, como la que se produce en los
momentos en que una planta ha sido fecundada o en los instantes en que
dentro de una nebulosa se forma un nuevo sol.
No; no es
Silvestre el que está dirigiendo la orquesta, hay algo más allá de
todo y que no se puede decir con simples palabras.
El rostro
de Silvestre se ha transfigurado hasta volverse el de un
desconocido, el rostro desconocido de alguien que no es mi hermano. Es
Silvestre el que está dirigiendo la orquesta, pero no es mi hermano, no
es aquel hombre a quien frecuento, con quien charlo en las
reuniones, con quien me río. Ni aun mi madre lo reconocería. (No, ella sí;
ella ya lo había visto desde antes, mucho antes de que Silvestre
naciera.)
Hay en este hombre que dirige la orquesta, en este
hombre de cuyo cuerpo, de cuyas manos salen los sonidos, una
expresión
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atormentada y feliz, soñadora y dolorosa, como
si estuviera en comunicación directa con esa región inalcanzable
donde habitan los monstruos de la música y cuyo lenguaje,
aterrador y grandioso, tradujera en estos momentos, robándoselos a
su descuido igual que Prometeo, igual que un
Prometeo desencadenado.
Entrecierra los ojos, escuchando algo que los demás no podemos
oír, y su rostro se ilumina, se apaga, resplandece, sufre
inimaginablemente. Sufre: ahí está su verdad, en el sufrimiento de ese goce
que deberá pagar dejándose devorar las entrañas todos los días, a
cada hora, a cada minuto de todas las horas.
No es mi
hermano; tampoco es Silvestre: no es nadie que tenga nombre y apellido,
es un ser anónimo, es el hombre anónimo que a nombre de los hombres
traspone la frontera prohibida y desde ahí trasmite sus señales,
esas que apenas nos es dado comprender, pero que nos inundan y
estremecen de agradecimiento y misericordia.
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