Pero hay en el mentón de
Silvestre un imperceptible
movimiento hacia arriba, luego su cuerpo se
yergue con una
actitud que parecería de reto, eleva los brazos y de
pronto
indica vigorosamente la entrada con un movimiento
rotundo,
preciso, que me sobresalta como el estallido de un petardo,
y
es aquí cuando comienzo a ya no darme cuenta de las cosas.
La
música nace nuevamente, pura y sin obstáculos, se eleva y
extiende
en arrolladora invasión, satánica y celeste a la
vez. Entonces me
siento como galvanizado, víctima de algún
sortilegio que me
inmoviliza, el cuerpo y casi interrumpe mi
respiración, en tanto una suave
nostalgia embriaga mi
espíritu y arrebatadoramente lo aturde con su
veneno sutil y
alado. De súbito me doy cuenta de algo increíble,
inaudito,
de algo que me parece asombroso y cautivador: ahí, ahí
está
mi hermano delante de mis ojos, y es él quien dirige
la
orquesta.
Me pregunto qué es lo que ocurre y si será esto posible.
Hay
algo que no puedo precisar, algo semejante a un
milagro
diabólico, bello y siniestro, como si contemplara, sin