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de silencio, que reclama. "¡Pero muchachos... así no! ¿Dónde
demonios aprendieron a tocar música?"

Aprovecho el silencio de la orquesta y corro a colocarme
atrás, junto a uno de los contrabajos, de aquel lado de la
concha acústica donde se encuentran los músicos.

Ahora tengo ante mí a Silvestre. Su cólera de los momentos
anteriores ha cedido para convertirse en una especie de
bonachona mansedumbre, indulgente y como arrepentida. Su
mirada salta de un sector al otro de la orquesta, de los
metales a las maderas, de éstas a las cuerdas, para verificar
que cada cual se encuentra en su sitio y preparado para la
batalla.

Nunca había visto a Silvestre desde el sitio de los músicos,
sino siempre desde el público, dándome las espaldas, pero en
esto no hay nada de especialmente extraordinario, y Silvestre
todavía es el hombre cotidiano, familiar, al que veo todos
los días, con el que converso en su casa, el hermano con
quien visito a mi madre por la tarde de todos los domingos.



 

Pero hay en el mentón de Silvestre un imperceptible
movimiento hacia arriba, luego su cuerpo se yergue con una
actitud que parecería de reto, eleva los brazos y de pronto
indica vigorosamente la entrada con un movimiento rotundo,
preciso, que me sobresalta como el estallido de un petardo, y
es aquí cuando comienzo a ya no darme cuenta de las cosas.

La música nace nuevamente, pura y sin obstáculos, se eleva y
extiende en arrolladora invasión, satánica y celeste a la
vez. Entonces me siento como galvanizado, víctima de algún
sortilegio que me inmoviliza, el cuerpo y casi interrumpe mi
respiración, en tanto una suave nostalgia embriaga mi
espíritu y arrebatadoramente lo aturde con su veneno sutil y
alado. De súbito me doy cuenta de algo increíble, inaudito,
de algo que me parece asombroso y cautivador: ahí, ahí está
mi hermano delante de mis ojos, y es él quien dirige la
orquesta.

Me pregunto qué es lo que ocurre y si será esto posible. Hay
algo que no puedo precisar, algo semejante a un milagro
diabólico, bello y siniestro, como si contemplara, sin

 
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