de silencio, que reclama. "¡Pero muchachos... así
no! ¿Dónde
demonios aprendieron a tocar música?"
Aprovecho
el silencio de la orquesta y corro a colocarme
atrás, junto a uno de
los contrabajos, de aquel lado de la
concha acústica donde se
encuentran los músicos.
Ahora tengo ante mí a Silvestre. Su cólera
de los momentos
anteriores ha cedido para convertirse en una
especie de
bonachona mansedumbre, indulgente y como arrepentida.
Su
mirada salta de un sector al otro de la orquesta, de los
metales a
las maderas, de éstas a las cuerdas, para verificar
que cada cual
se encuentra en su sitio y preparado para la
batalla.
Nunca
había visto a Silvestre desde el sitio de los músicos,
sino
siempre desde el público, dándome las espaldas, pero en
esto no hay nada
de especialmente extraordinario, y Silvestre
todavía es el hombre
cotidiano, familiar, al que veo todos
los días, con el que converso
en su casa, el hermano con
quien visito a mi madre por la tarde de
todos los domingos.