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antes de San Pablo, ya
era infinito. No digamos en nuestros días. Ahí quedaba entonces
esa música, para que charlaran las respetables personas que no se
atreven a charlar en los conciertos, mientras la orquesta está
tocando, pero que si son tan bien educadas como para no charlar, en la
misma medida son también lo suficientemente estúpidas para
no escuchar. Para no saber escuchar ni entender lo que se toca, tan sólo
en virtud de no ceñirse a lo que están acostumbrados a oír sus
enciclopédicamente conocedores oídos de
asnos musicales.
Música para charlar fue un arreglo que Silvestre hizo
para concierto, basándose en música que había escrito para un documental
fílmico sobre la construcción del ferrocarril Punta Peñasco - Baja
California. Los más indulgentes de los críticos dijeron, entonces, que
tal vez la circunstancia de cuyo considerar como "menor" una
composición e yo origen era la música -a veces tan obligadamente
descriptivas-, de una película, habría sido lo que inclinó a Silvestre a que
dicha
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pieza llevara un nombre tan ligero y lleno
de jovial desenvoltura.
Casi no andaban tan
desencaminados estos críticos. Esto estaba muy dentro de la severa e intolerante
honradez artística de Silvestre, quien jamás fue de aquéllos
que quieren dar gato por liebre, antes daba liebre que algunos, esos
sí, se esforzaban porque apareciese como gato. Con todo, aun
aceptando sin conceder, que Silvestre considerara su Música para
charlar como un producto menor, él mismo no tendría razón de ningún
modo, porque ni esa ni ninguna de sus obras son "música para
charlar".
Hasta el propio Kleiber sufrió un ataque de indignación
-muy a la alemana, por otra parte-, frente a este nombre
que juzgaba una forma desconsiderada y "frívola" de
tratar Silvestre un fruto magnífico de su talento. Pero la justa indignación de
Kleiber -que llegó al extremo de cambiarle de sus pistolas el título
a la obra, cuando la dirigió en Bellas Artes-, partía de considerar
los hechos sin tomar en cuenta a
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