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hallazgo de cuya menor ocasión, los que la agarran, se
conducen al instante como si fuesen las sacrosantas deidades
intangibles de la crítica, de la literatura, de la música o
lo que sea, y adoptan, respecto a sus propias personas, ese
aire amoroso, fatigado y displicente, de quienes le están
haciendo al mundo el favor de haber nacido. Para éstos sí que
no tenía misericordia Silvestre.

A ellos está dirigida, con toda seguridad, esa jugarreta
inocente de Silvestre cuando puso a una de sus composiciones
el irreverente y desenfadado nombre de Música para charlar.
En esto se conducía Silvestre con el mismo espíritu de
traviesa alegría con el que aceptaba que la gente lo tomara
por plomero, pero a nadie pareció gustarle la broma y todos
se apresuraron a ponerse el saco de la ofensa.

Los críticos fueron los primeros en molestarse ante el
desacato: Silvestre pretendía burlarse de ellos y de su
respetable oficio; trataba de jugarle una mala pasada al buen
criterio y a la cultura del público; aquel nombre era
ofensivo e irritante.


 

¿Por qué Música para charlar? ¿Acaso la música seria (la
música que toca una orquesta sinfónica, en un teatro solemne
y ante un auditorio igualmente solemne), no se hace para ser
oída en medio del silencio más receptivo, y de la más
correcta y bien educada de las unciones, sin que, entretanto,
nadie tenga la osadía de atreverse a charlar, o de hacer
cualquier otra cosa que oír?

Ninguno quería darse cuenta de que la deliberada
intrascendencia de ese nombre resumía un aspecto esencial de
la actitud de Silvestre ante la creación artística. Se
sublevaba con todas sus fuerzas contra las pretensiones de
falsa profundidad, de aquellos que, a cambio de no hacer una
música o una crítica honradas, prefieren construirse un falso
prestigio de conocedores, de buenos técnicos a base de un
lenguaje -musical o literario- esotérico, sabihondo,
hermético, lleno de esos pasajes de cultura criptográfica
sobre los cuales nadie se atreve a preguntar, por temor de
que se le considere ignorante, y que, precisamente por no ser
comprendidos de nadie, provocan la admiración y el aplauso
fanático de los necios. De esos necios cuyo número, desde

 
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