Digamos: uno sabe
lo que es un terremoto, lo que es una
tempestad, lo que es un
relámpago, pero al mismo tiempo -y es
lo más corriente-, uno no sabe lo
que son tales fenómenos,
aparte de eso que nada más ha captado con
los sentidos, con
los pobres ojos, con el pobrecito
tacto.
¿Quién era Silvestre? Cualquiera podía proporcionar alguna
de
esas triviales informaciones de programa y hablar del
"compositor
destacado", del "feliz ejecutante", del "fiel
intérprete" y demás.
Pero, repito, no se trataba de eso.
Ninguna de estas estúpidas cosas
eran el terremoto, el
relámpago, la tempestad. En suma, hasta
entonces yo no había
conocido a Silvestre. Simplemente no lo había
conocido, y
ésta era la cuestión.
No obstante tenía que llegar el
momento en que yo me
encontrara frente a frente de eso que se
llamaba Silvestre
Revueltas. No recuerdo las palabras con que lo
narré
entonces, en aquel artículo, pero las imágenes
permanecen
intactas en mí, tan vivas y precisas como desde la
primera
impresión.