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Silvestre me reprime con un contenido ademán reprobatorio y
solemne. "¡Es que ya se dieron cuenta de que tengo talento
-dice en voz baja, como si me trasmitiera una confidencia
única en el mundo-, y han de pensar que soy un gran artista!"

La actitud de la gente del tranvía nos hace a cada momento
sentirnos más ridículos. Imaginan de veras, que están delante
de quién sabe quién, pero que debe ser alguien muy
importante, alguno de esos que salen en los periódicos.
Aquello amenaza con prolongarse indefinidamente hasta que,
por fin, la voz escéptica y desencantada de una mujer, rompe
la tensión grotesca que nos envuelve:

- ¡Bah! ¿Y qué tanto le miran? -exclama-: ¡Ha de ser plomero!

Como por arte de magia, en un segundo se disipa el interés
de todas aquellas buenas gentes por Silvestre. Hasta parece
sentirse en el aire el soplo colectivo de un suspiro, al caer
todos en cuenta de que estaban, en efecto, no ante el domador
de leones o tragasables que habrían quizá imaginado, sino
delante de un simple y vulgar plomero.



 

Silvestre me mira poco a poco de soslayo, la expresión
falsamente contrita pero lleno de disimulado regocijo, con
ese modo en él tan característico mientras flota en sus
labios una sonrisa encantadora.

Cuando abandonamos el tranvía no deja de celebrar el
divertido incidente. "¡Plomero, plomero!", comenta con
entusiasmo. "¿No es espléndido? ¿A quién se lo ocurriría que
yo pudiera ser un pinchurriento músico?"

Estamos en la calle donde Silvestre vive. Súbitamente se
detiene y como si hablara consigo mismo, lejano, dice, ya con
otra voz: "¡Pero de veras...! ¿Por qué no mejor habré sido
plomero...?", y una sombra de melancolía le oscurece la
hermosa frente. Esta sombra como que nos separa uno del otro,
igual que un muro. Ya Silvestre escapó a tras regiones
inhabitadas e inhabitables. Ya no está conmigo.

Era todo lo contrario de un filisteo, el antifilisteo por
excelencia. Odiaba por ello a toda esa gentuza barata e
imbécil, que ya no halla el modo de darse importancia, y al

 
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