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se habría puesto furioso. Le gustaba, mejor, creerse
malo; tener la convicción de que su espíritu era negro y
perverso. Lo cual era cierto... y ahora lo digo con la misma
intención sarcástica y mordaz que usaba Silvestre.
Su imagen me viene muy
clara a la memoria cuando devoraba helados, igual que un chiquillo,
los domingos por la tarde, en una pastelería de las calles de
Puebla a donde íbamos siempre después de visitar a nuestra madre, que
vivía por aquel entonces en la avenida
Chapultepec.
Silvestre se detenía ante las puertas del establecimiento y me miraba con
el aire cómplice y furtivo de quien se dispone a cometer una
travesura. "¿Entramos?", me decía con la entonación conspirativa de un
carbonario; pero antes de obtener respuesta ya se había metido de
rondón con ese movimiento de brazos, supremo, grandioso y desesperado,
del suicida que abandona todo a sus espaldas.
Recuerdo la
siguiente anécdota, muy significativa por cuanto
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ilustra el carácter de Silvestre, y esa actitud tan suya de no
tomarse demasiado en serio.
Vamos en el tranvía, Silvestre viste
una tosca chamarra y lleva, como de costumbre, abierto el cuello de
la camisa. Su figura no deja de ser ligeramente estrafalaria a
causa de la melena tempestuosa y mal peinada, la corpulencia de
su continente, y esa expresión de altivez soñadora y al mismo tiempo
agresiva, de su rostro.
Todas las miradas caen sobre él,
examinándolo con una impertinencia absurda y desconsiderada, sin el menor
recato, como si adivinasen algo excepcional y misterioso en
este hombre un tanto fuera de lo común, y que ya empieza a
lanzar resoplidos feroces ante la tonta curiosidad de que es objeto. Me
imagino en esos momentos, que cada uno, dentro del tranvía, hace toda
clase de conjeturas, a cuál más extravagante, sobre Silvestre. "Qué
creerán que eres, para que les llames tanto la atención?", le
deslizó al oído.
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