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bonito tu artículo -dijo con una sonrisa ancha y, fraternal-,
pero me gusta más aquél donde me comparabas con un perro de
San Bernardo. ¡Ese sí que estaba bueno! ¡Un perro de San
Bernardo...!" -y reía con una de esas carcajadas suyas, tan
gozosas y felices.

Parecía como si estuviera más allá de la maldad y ésta no
pudiera alcanzarlo, pero él mismo no dejaba de ejercer,
contra determinadas personas, cierto espíritu de maligna
burla y sarcasmo, que llegaban a los extremos de lo cruel,
pese a no abrigar la menor mala intención verdadera.

Intentaré reconstruir esta actitud de Silvestre a través de
una situación imaginaria, que pudo haber sido real o que en
efecto lo fue.

Por ejemplo, se trataba de criticar a ésta o aquella
persona, desde luego un músico por el que Silvestre no
abrigaba la menor simpatía, y esto con justicia, pues
naturalmente debía ser un mal músico, alguno de esos
tramposos de los que tanto abundan. Silvestre escuchaba


 

aquellas críticas con impaciencia no disimulada, para
protestar al final con cálidas expresiones, que parecían
tanto más sinceras cuanto estaban destinadas a defender a un
enemigo.

Uno estaba a punto de caer en el lazo, pero de pronto
advertía el fingimiento de Silvestre en el marcadamente
exagerado énfasis de aquella defensa suya, que ya estaba a
punto de hacerlo derramar lágrimas.

"¡No hay derecho! -decía más o menos, a tiempo que su rostro
adoptaba la maliciosa expresión requerida-. ¡Decir eso de
Fulano! ¡Y luego tan buena persona que es! Tan buen músico
-aquí comenzaba el veneno-, tan cumplido en su casa... ¡Un
hombre de conducta intachable! Además, está esa obrita suya
que compuso... ¿Cómo se llama? Ésa con la que arrulla a sus
hijos por las noches y, a causa de la cual, esos mismos hijos
le guardarán, hasta el fin de sus días, el más profundo y
homicida dé los rencores... ¡No hay derecho!"

 
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