creen los demás. Este
elemento, el mejor y más puro, es la
piedad. La alegre piedad frente a
los hombres, los animales y
las cosas. Por la piedad la obra de este
hombre, tan desnudo,
tan indefenso, tan herido por el cielo y los
hombres,
sobrepasa, en significaciones, a gran parte de la
música
contemporánea. Y ocupa un lugar, en el corazón de
nosotros,
superior al de la grandiosa pintura mexicana, que lo conoce
todo, menos
la piedad. (Ni en Orozco, ni en Siqueiros, ni en
Diego hay
simpatía, alegría o piedad).
El nombre de Silvestre Revueltas resuena
dentro de mí como
un gran cohete de luz, como una aguda flecha que
se dispersa
en plumas y sonidos, en luces, en colores, en pájaros,
en
humo pálido, al chocar contra el desnudo corazón del
cielo.
Era como el sabor del pueblo, como el pueblo mismo, cuando
el
pueblo es pueblo y no multitud. Era como una feria de pueblo;
la
iglesia, asaetada por los fuegos de artificio, plateada
por la cascada de
aguas resplandecientes, fortaleza inocente
y cándida, humeante
ruina que gime en los sonidos, en los
ayes de la cohetería agónica; el
mágico jardín, con su fuente
y su kiosko con la música heroica,
desentonada y agria; y los