porque él era, siempre, el sacrificador y la víctima. En
esta
actitud podemos encontrar el secreto de su autenticidad y de
su
verdad; había encontrado el punto misterioso en que el
arte y la vida se
tocan y comunican, el nervio tenso de la
creación. Su arte, por
eso, era todo lo que puede ser el
arte, ni más ni menos: legítimo,
genuino. Ni sincero, ni
mentiroso, categorías que no pertenecen al
arte, sino
verdadero. Esta legitimidad artística la tenían tambié
n su
vida y su cuerpo; al tocar su mano se tocaba algo
caliente,
profundo: un hombre.
Era tierno en ocasiones; en otras, áspero y
reconcentrado.
Silvestre no amaba el desorden, ni la bohemia; era,
por el
contrario, un espíritu ordenado; a veces hasta
exageradamente
ordenado. Puntual, exacto, devorado casi por ese afá
n de
exactitud, se presentaba siempre con anticipación a las citas
y se
apresuraba a cumplir con las comisiones o encargos que
se le daban.
Esta preocupación por el orden era un recurso de
su timidez y una
defensa de su soledad. Porque era tímido,
silencioso y burlón. Amaba a
la poesía y a los poetas y su
gusto era siempre el mejor. No tení
a placer en las compañías