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porque él era, siempre, el sacrificador y la víctima. En esta
actitud podemos encontrar el secreto de su autenticidad y de
su verdad; había encontrado el punto misterioso en que el
arte y la vida se tocan y comunican, el nervio tenso de la
creación. Su arte, por eso, era todo lo que puede ser el
arte, ni más ni menos: legítimo, genuino. Ni sincero, ni
mentiroso, categorías que no pertenecen al arte, sino
verdadero. Esta legitimidad artística la tenían tambié n su
vida y su cuerpo; al tocar su mano se tocaba algo caliente,
profundo: un hombre.

Era tierno en ocasiones; en otras, áspero y reconcentrado.
Silvestre no amaba el desorden, ni la bohemia; era, por el
contrario, un espíritu ordenado; a veces hasta exageradamente
ordenado. Puntual, exacto, devorado casi por ese afá n de
exactitud, se presentaba siempre con anticipación a las citas
y se apresuraba a cumplir con las comisiones o encargos que
se le daban. Esta preocupación por el orden era un recurso de
su timidez y una defensa de su soledad. Porque era tímido,
silencioso y burlón. Amaba a la poesía y a los poetas y su
gusto era siempre el mejor. No tení a placer en las compañías



 

ruidosas; era un solitario y un hosco defensor de su soledad.
Pero después de aquellas temporadas de orden absoluto y
exasperante (el mismo rigor a que se sometía lo exigía a sus
compañeros), de ensimismada concentración, se desbordaba en
un ansia de comunión, de amor. Entonces su humor negro se
convertía en blanco, como la negra ola al besar a la playa.
Un humor blanco, como la espuma de la vida. Y el silencio
reconcentrado se volvía un mágico, poético surtidor, lleno de
imágenes. Y es que Silvestre, como casi todos los hombres
verdaderos, era un campo de batalla. Jamás se hizo traición y
jamás traicionó la verdad contradictoria, dramática, de su
ser. En Silvestre vivían muchos interlocutores, muchas
pasiones, muchas capacidades, debilidades y finuras. "Sólo
una manera simple de considerar a los sentimientos puede
afirmar que hay sentimientos simples." Esta riqueza de
posibilidades, de adivinaciones y de impulso es lo que da a
su obra -la más importante de América-, ese aire de primer
acorde, de centella escapada de un mundo en formación. No era
fácil ordenar elementos tan ricos y dispares, de pronto; sin
embargo, toda su obra está presidida por algo que no es la
alegría, como creen algunos, ni la sátira o la ironía, como

 
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