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Juan Marinello

A medida que pasan los años se va descubriendo mejor la
razón animadora de la grandeza creciente de Silvestre
Revueltas. Había en él, como hemos visto, una hombría tierna
y valerosa, ansiosa y entera, de la que podí a esperarse la
más difícil conquista. Fue la materia prima de que se hizo su
imparidad. Pero el merecimiento primordial estuvo en el modo
de encauzar la radical calidad. Creo que si hay en nuestros
pueblos un gran caso anunciador en este punto, éste es el del
músico mexicano.

Para que la obra de Revueltas haya quedado como dechado de
buen nacionalismo artístico existen razones concluyentes.
Había resuelto certera y corajudamente los grandes problemas
del creador latinoamericano: traducir con limpieza, honradez
y originalidad el tono de lo propio, y encarnarlo de manera
que llegue a todos los auditorios por el lenguaje inteligible
y conmovedor. Para ello precisan una orientación enérgica, un
trabajo persistente y sagaz, el logro de una cabal maestría y
el tesoro de una informació n universal. Y todavía, el



 

mantenimiento de una ilusionada frescura, de un ambicioso
entusiasmo, de un vigilante ímpetu andador.
La primera hazaña, digo, es dar con la entraña de lo propio.
Los obstáculos que ha de salvar en esto (o de conjugar con
superior esfuerzo) el creador latinoamericano son tan tercos
como traidores. Sospecho que en la música tales obstáculos
son más numerosos y aleves que en lo plástico y lo literario;
porque son más los desfiladeros de lo pintoresco y lo
irrelevante. La línea de la escultura o la arquitectura
indígena tiene una realidad escueta, inmediata, aprehensible.
El verso no ha de intentar las formas rítmicas o estróficas
de las viejas civilizaciones, aunque deba insuflársele
material y matiz nacionales. Lo musical, en cambio, ha
quedado presente y vive en medio de innumerables e huidizas
expresiones regionales, metido, con mayor o menor
autenticidad, en las formas españolas y mestizas. No todos
los mexicanos conocen las grandes edificaciones
precortesianas; pocos, la poesía de sus padres americanos; la
mayoría, en cambio, vibra en la asombrosa variedad y en el
garbo sostenido de su música popular. Espigar en este campo
dilatado y proteico, separar lo pegadizo y apartar lo

 
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