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Rangel también denomina como "el Mocho" (Bernal Jiménez):
porque fue becado por curas, y "el Corno" que había sido
corno, bibliotecario y copista de la misma orquesta. Y si los
dos, para "el otro", eran "chinches con arrojos de Sansón" y
el dizque genio "dipsómano rojillo", los tres están
englobados en la ojeriza que "el otro" les tiene. Señala
leyendas que formaban parte del mundillo musical de aquel
tiempo. Y así nos enteramos, que alguna vez tendió una trampa
al Corno, haciéndole poner unas partichelas que no
correspondían y con "palabrotas injuriólo ante el pleno de la
orquesta por no haber obedecido y por la pérdida de tiempo
que su falta les iba a ocasionar". Parece ser que a resultas
de esta historia el pobre Corno sufrió una embolia cerebral.
De ahí Rangel narra el momento terrible en el cual "el otro"
(Chávez) sufrió la humillación de no haber sido obedecido por
la orquesta para iniciar un concierto. A partir de ese
momento, la historia pierde su sentido narrativo y hay un
diálogo del otro con un espejo en su camerino, en donde,
después de la humillación, contempla su imagen envejecida de
repente. Y estando en esa situación, se acercan los fantasmas
del Mocho, el Corno y el genio rojillo.
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Los diálogos están casi siempre puestos entre comillas, pero
la articulación de ellos sí crea una ilusión teatral. Cuando
el otro le pregunta
-¿Y dónde dejaste tu silla?
-¿La de ruedas que un grupo de estudiantes me obsequió? Mi
esposa la vendió para costear mi funeral. Mencionas mi
invalidez con intención mordaz y te digo que es inútil que a
esa herida le eches sal. ¿No ves que ya no soy un inválido?
Pero tú permaneces en tus trece: venenoso.
La obra, finalmente, termina con una especie de reencuentro
entre el genio y "el otro" en el cual la virulencia de la
relación se ha ido debilitando, y cada uno de ellos, de
alguna manera, admira las características del otro.
Finalmente aparece un último personaje: la madre del genio,
que llega en el momento en que está agonizando y lo lleva con
ella. Tal vez a un lugar donde no exista la envidia, el
desaliento ni el desamor.
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